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Ya está. Ausente Jorge Arrate de la segunda vuelta volvemos a la política “as usual”. Fulanita critica los jingles de perengano, mengano gesticula -o sea, hace “gestos”-, hacia zutano, perengano promete tomar en cuenta los antojos de citano, mientras los mendas, -o sea el personal-, baten records de compras de navidad para júbilo de Somerville y de la banca. La demanda de crédito se reactiva, la comunidad financiera respira aliviada.
Como era previsible, el período que precede la segunda vuelta de la elección presidencial se ha transformado en la época de oro para los analistas, los politólogos, los estadísticos y los cientistas sociales, así como para los santeros, los curanderos, los medicastros y los componedores de huesos quebrados. Las cuestiones esenciales desaparecieron del mapa.
Quienes pretenden entablillar el quebrantado “progresismo”, -dudoso adjetivo calificativo elevado a la categoría de sustantivo y de “lo sustantivo”-, pasaron a la cuenta de pérdidas excepcionales uno de los pocos logros de la campaña de primera vuelta: las cuestiones que dejaron de ser tabúes para transformarse en legítimos temas de debate en el ámbito nacional.
El término definitivo de la institucionalidad creada por la dictadura y profundizada, consolidada, eternizada por la Concertación, el destino de las riquezas básicas, la suerte de los pueblos originarios, la protección del medio ambiente, la justicia social y económica, la salud y la educación como derechos generadores de servicios públicos, el agua, la energía, la banca y los servicios financieros, son temas que desaparecieron del mapa sustituidos por dos o tres promesas vagas, ambiguas, evanescentes, que solo comprometen a quién las escucha, a quién las cree.
La institucionalidad sigue allí, cumpliendo con el objetivo que le asignara Jaime Guzmán: obligar a quién quiera que sea elegido a hacer “lo que nosotros queremos que haga”. El binominalismo logró una vez más su objetivo de empatar lo que tenemos de Parlamento. La oposición, cualquiera ella sea, solo puede obstaculizar, impedir, trabar y entorpecer, si no logra “consensuar” leyes que le convengan a quienes controlan el poder.
El cogobierno, una suerte de cohabitación Alianza-Concertación, será el ganador de la segunda vuelta. Desde ese punto de vista, abandonando toda esperanza, solo queda estar afuera o estar adentro. Hubo quien decidió estar afuera. Y hubo quienes buscaron, desesperadamente, estar adentro. Sin cambiar nada, bajo pena de ser excluidos nuevamente apenas las necesidades de quienes mandan exijan otros “pactos”.
También es período de girasoles, esas florcitas que miran para donde calienta el sol. Si ya se sabía que Jorge Edwards no es el resistente que pudiese servir de modelo a los escultores del monumento a la democracia, a la justicia, a la solidaridad o a la lealtad, no se puede dejar de reconocer que el salto que dio para apoyar a Piñera no tiene nada de mortal: se limitó a dar el pasito que permite franquear una acequia. La que separa, desde el punto de vista de los intereses que defienden, a la Alianza de la Concertación. ¿Quién pudiese condenarle, a él, sin observar que altos personeros de la Concertación frecuentan en los directorios de las multinacionales a los adalides de la Alianza?
Frei o Piñera, Piñera o Frei, si excluimos los respectivos prontuarios, ¿en qué se distinguen si hablamos del programa? Alejandro Kirk dice que sería impresentable que el Opus Dei controle el Fondart, y que ex colaboradores de la Dina y la Cni manejen la oficina. Alejandro Kirk gana un punto. ¿Quién entrega otro argumento de peso? Roberto Pizarro, en una nota escrita con un escalpelo, declara que no es verdad que haya una alternativa, sino dos ejecutores posibles del mismo modelo.
El eventual retorno de la derecha dura al poder ni siquiera involucra a las FFAA que aprendieron, a sus costas, lo que significa servir de pistolero para intereses inconfesables.
Dame una razón, una sola, que me impulse a votar por Frei. Una que no se limite a diabolizar una derecha cavernaria y montuna que ni siquiera necesita que la describan, tan presente está el recuerdo de lo que hicieron durante 17 años de dictadura. Dame una razón de votar por Frei, solo una, pero una que me haga olvidar que durante 20 años la Concertación y la derecha cavernaria y montuna han vivido en simbiosis.
Frei no logra alzarse por encima del techo natural que su condición medianera le impone. No entiende, no quiere o no puede entender que no es época de gesticulaciones, de gestos comodones, egoístas, minimalistas. Si él mismo, -o su coalición-, sintiese la llegada de Piñera al poder como un riesgo mayor habría intentado provocar un electroshock poniendo algo sustantivo encima de la mesa. Pero desde su propio partido las voces de Patricio Aylwin y Gabriel Valdés le quitaron todo dramatismo al retorno del pinochetismo a La Moneda.
¿Cómo podría Frei zanjar la cuestión de fondo, la que tiene que ver con el término de la institucionalidad heredada de la dictadura?
Hay quien reclama el acomodo de los jefes “para evitar lo peor”. Pero el único Pacto que pudiese generar un electroshock es el que Armando Uribe Echeverría llama el “Pacto Republicano”, acuerdo significativo que defina los mínimos infrangibles a los cuales debiesen comprometerse la sociedad y las organizaciones que la representan.
Mínimos que tienen que ver con la irrenunciable Soberanía del pueblo, la Constitución y el régimen democrático, la nacionalización de las riquezas básicas, los derechos ciudadanos, los pueblos originarios, el medio ambiente, los servicios públicos de salud y educación, la inserción internacional del país en América del sur, la integración latinoamericana, la moneda común, el progresivo desaparecimiento de las fronteras (para los ciudadanos se entiende, porque para los capitales ya no hay fronteras).
Frei no se atreverá. Frei ya no se atrevió. Entre el “peligro” de ver regresar al pinochetismo al poder, y el riesgo -real este último- de ver desmoronarse el sistema institucional y el modelo económico impuestos en dictadura, Frei y la Concertación prefieren salvaguardar estos últimos.
Porque la línea que separa los intereses objetivos en el Chile de hoy pone de un lado a quienes se benefician de este sistema, y del otro a la masa de chilenos que paga las consecuencias.
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